EL SECRETO
DE MARIBEL
Maribel y la extraña
familia ha sido la obra teatral que más fascinación
ha ejercido sobre mí. Y no he descubierto la causa
hasta ahora, hasta verla espléndidamente representada
en nuestro Teatro Bretón por el Grupo Barbacana.
Y eso que tal causa es bien sencilla. Pero a veces lo
más simple es lo más difícil de detectar
y formular. ¿Podría esto hacernos reflexionar
nada menos que en torno a Einstein? Pero no divaguemos.
En toda pieza dramática hay una superación,
una transfiguración de la realidad. Incluso en
la más raseramente realista. Lo que además
ocurre en Maribel, y ello es muy de Mihura, es que ese
trascender la realidad es su argumento concreto. Cual
si fuese un teatro en el teatro, más propiamente
aún, por ejemplo, que en Un drama nuevo. de Tamayo
y Baus. (Por cierto que ésa puede ser también
la explicación de la aparente falta de realismo,
de la frivolidad y el desenfado si así lo miramos
sólo aparentes, de una parte del teatro de nuestro
siglo de oro, Lope a la cabeza).
Una constante de Maribel es el juego de misterios, del
principio al fin. Flotando en el desenlace el principal,
por eso sin que el progresivo desvelamiento de los otros
prive de ninguna manera al desarrollo de la sugestión
de lo inquietante.
Doña Paula y Doña Matilde, la tía
y la madre de Maribel, están al margen del misterio.
Al menos habría que rizar el rizo para interpretarlas
de otro modo. Sólo refractado tras el prisma de
la normalidad ven el ambiente enigmático que se
ha gestado en torno suyo. También el médico
Roldán. Una visión tan distinta de la que
el espectador tiene que coadyuva decisivamente al encanto
en que se le sumerge. Visión que ha sido asumida
integralmente en la representación que trato de
glosar, la de Esmeralda, Nines y Gregorio. Estos artistas
se revistieron de sus personajes de una vez por todas
en el momento de salir a escena. Y de esa manera, definitiva
precisamente por natural y sencilla, llegaron a la perfección.
Esta es, de veras, la única palabra que se me viene
a la pluma. Sería injusto no recordar a su propósito
a la peluquería y el maquillaje de Keka, o dejar
de rendir un tributo a la seductora indumentaria.
Pero hay muchas maneras de hacer teatro. Como de escribirlo.
Más o menos adaptadas a cada circunstancia, son
defendibles todas. Olivia, Conchi y Lourdes, al dar vida
a Rufi, Pili y Niní, fueron en cambio coadyuvando
activamente a cada paso a la puesta en escena de sus papeles.
Algo que por otra parte tenía correspondencia con
estos mismos. Notemos que desde que entran hasta que se
van están inmersas en la atmósfera extraordinaria
que un tanto las envuelve y en mucha mayor densidad ellas-
en la obra de Mihura- se van forjando. En cuanto a Augusto
Conte, su colaboración con el autor en Don José,
era ineludible teniendo en cuenta el ímpetu creativo
que le conocemos.
De Fermín y Gregoria nos acordamos de cuando en
vez a lo largo de la trama. ¿No permanecen como
el mejor símbolo del antes, del mundo cerrado de
aquel piso de la calle de Hortaleza antes de la aparición
de Maribel?
De la pareja protagonista de Aurora y Sergio, yo diría
que encarnan esas dos maneras a las que me he referido.
Aurora, la participación activa y espontánea
en la mente del autor. Sergio, el puro representante de
su personaje. Entre una y otro, por esa misma bipolaridad,
una espléndida lección de teatro, del teatro
y la escena antes, en y después de las tablas.
Como el cartel de Carmina ha captado la contribución
de Maribel a la permanencia del eterno femenino, tan uno
y tan diverso de la potencia al acto. Buena suerte pictórica
la de esta jornada, añadidura feliz al estallido
jubiloso de Isabel Guijarro. Sin faltar un detalle a la
decoración del Grupo y la escenografía de
Ángel, tan bien vistas gracias a la iluminación
de Juan Morado.
¿Muchas páginas de historia sepulvedana
en el Teatro Bretón? Sí. Pero es más.
Puede sostenerse que se trata ni más ni menos que
de la historia de la Villa desde su óptica.
Un juez que nos vino de Ponferrada, Francisco Alcón,
protagonizó en él una obra de Bretón
mismo, Marcela o ¿a cuál de los tres?. Eso
fue cuando había soldados sepulvedanos en Cuba
y en Filipinas. Desgraciadamente en vísperas de
la guerra de España, la AASS, Agrupación
Artística Sepulvedana Segoviana de mi padre, de
la que con tanta fidelidad se acuerda Daniel Cristóbal.
Algo antes, en el reparto de una función en casa
de don Francisco Zorrilla Arroyo de la Barbacana, se conocieron
los padres del poeta Gil de Biedma.
Ahora, debemos a Matilde Fleirez y su regidora Laura,
continuando la labor tenaz, iluminada e iluminadora de
Carmina, que no haya sólo historia entre muros
tan ricos de ilusiones, sino presente y a la fuerza futuro.
Ninguna página en prenda de ello de miniado tan
rico como esta Maribel y la extraña familia.
ANTONIO LINAGE
CONDE
CRONISTA
DE LA VILLA DE SEPÚLVEDA