MIS SANTAS
COMPAÑAS
Muy a menudo cruzo la calle madrileña
de Narciso Serra. Es una de las modestamente estrechadas
que desembocan en la Avenida de la Ciudad de Barcelona,
entre la estación de Atocha y el Puente de Vallecas.
Del personaje que la da nombre, un autor dramático
decimonónico, oí disertar un día
con su penetrante gracejo a José Fradejas Lebrero.
Pero el recuerdo que a mí me trae es el de don
Antonio Domínguez Ortiz, el patriarca de nuestros
historiadores a cuya ausencia todavía no nos hemos
acostumbrado. !Era tan enriquecedor saberle siempre dispuesto
a hacer luz a uno, en la intimidad quiero decir, sobre
cualquier entresijo del pasado¡ De él tengo
unas pocas cartas, y recuerdo algunas entrevistas, una
visita a Sepúlveda entre ellas. Pero cuando nos
dejó yo me quedé con el sentimiento amargo,
un remordimiento casi, de no haberle disfrutado más,
y ello desde luego no fue por culpa suya. Comparto su
culto, que incluso sigue siendo fecundo, con Adela Tarifa,
mi amiga alpujarreña que enseña en la esplendente
Úbeda toda la historia que los planes de hoy la
permiten. Ella hizo la tesis sobre la casa de expósitos
de su ciudad. Bien que la he recordado estos días
al sumergirme en el archivo de la sepulvedana, San Cristóbal.
Me contó cómo sufrió al evocar aquella
infancia trágicamente abandonada. "Porque
yo también tengo hijos", decía. Oyendo
a don Antonio se tenía la sensación de hallarse
él planeando sobre las cuestiones, los hombres
y las cosas, desde muy arriba. Le oí una vez hablar
de la Armada Invencible en la sugestiva sala de los Amigos
del País de la Villa capitalina. "No fue tanta
derrota-nos enseñó- Los que vieron pasar
aquella sucesión de navíos se quedaron con
la aprensión de que podrían volver, pues
no todos fueron echados a pique". Y en un piso humildísimo
y apenas amueblado de aquella vía periférica
tenía su refugio capitalino.
El recuerdo de este académico
me trae el de otros dos, el padre Batllori y Juan Pérez
de Tudela. Al primero le traté muy poco, pero me
di cuenta de poseer la misma apertura generosa de don
Antonio, una disponibilidad continua a compartir sus saberes
con los demás, un siempre tener tiempo, como lo
tiene la gente que de veras trabaja. En una larga conversación
que con él tuve, en la tranquilidad de la residencia
jesuítica de la calle de Almagro, advertí
era un hombre con muchos conocimientos pero todos bien
colocados en su sitio y a la vez comunicados entre sí.
Me habló de la naturalidad con que él y
su familia, aun habiendo optado por la cultura catalana
en su dedicación intelectual, mantenían
el castellano como lengua materna, que se los hizo tal
en la Cuba anterior al noventa y ocho, a diferencia de
lo que había hecho Ferrán Soldevilla, hijo
de un notario catalán y una navarra. En cuanto
a Pérez de Tudela era el hombre bueno, el amigo
cordial, sin una brizna del orgullo propio de las gentes
de letras, tan espontáneo en la cúspide
de los honores como cuando ejercía tras una ventanilla
de telegrafista preparando las oposiciones americanistas.
Siento no haberle oído entonar algunas arias de
ópera, como me consta hacía sin hacerse
mucho de rogar.
"Vamos
muriendo", terminaba Unamuno uno de sus postrimeros
artículos, los de la serie titulada "Visiones
y Comentarios" en "Ahora" de Madrid. Yo
nunca lo siento con tanta intensidad como cuando me acuerdo
de los que se me fueron. Llevo una temporada evocando
a los paisanos que están al otro lado en los archivos
de mi Sepúlveda. No de muy atrás, los más
antiguos de esta tanda de entrado el siglo XVII. Hasta
algunos, los menos, a quienes llegué a conocer.
Francisco de Cossío, y lo he citado muchas veces,
escribió que en nuestro pueblo natal el tiempo
está con nosotros y los muertos dialogan con los
vivos. Entre los folios salidos de sus manos de los libros
y papeles archivados ello se siente con una intensidad
penetrante.
Los legajos del Archivo Municipal
siguen entre tablas ocres cosidas con la titulación
en negro, como cuando yo era niño. Entonces los
veía por estar colocados en la parte superior de
la biblioteca, rozando el techo. La biblioteca a la que
yo iba continuamente, sintiéndome rico entre las
ediciones de bibliófilo y las encuadernaciones
lujosas del legado de don José Oñate y Valcárcel,
el hijo del primer Conde de Sepúlveda que no llegó
a heredar el título. La entrañable Romana
me cantaba una copla que se le sacó en las elecciones
en las que salió diputado por Riaza, que nuestros
vecinos tenían la titularidad del distrito: Viva
el sol, viva la luna,/ viva la luna de enero,/ viva don
José de Oñate con todos sus compañeros.
Pero la pieza que yo más
anhelaba y hacía mis delicias era el Espasa. Desde
entonces tengo debilidad por él, que no se me ha
pasado, a pesar de sus tremendas desigualdades. Estaba
en el despacho del Alcalde, donde también entonces
se encontraba el formidable retrato dieciochesco que aún
no se sabe del todo si es de Felipe V o de su competidor
el archiduque austriaco. El tomo de Turquía era
un mutilado de guerra. Un legionario le disparó
queriendo ejercitar con él su puntería,
y en torno al orificio de la bala y hasta donde penetró
estaba hinchado el papel de manera curiosa.
El título de mutilado se
lo dio don Benito Sánchez Curto, el magnífico
secretario de la corporación. Siempre le recuerdo
cuando paso por su casa inmediata al hoyo de la iglesia
de San Justo, con unos balcones que tienen unos escudos
militares, único caso en Sepúlveda de heráldica
en metal. Don Benito habría sido un excelente diplomático.
Pero con la virtud no común de que en él
la cortesía se identificaba con la eficacia. Jugando
al tute fuera de las horas de oficina pero en el despacho
con Fray Justo Pérez de Urbel, guiando a un Presidente
del Senado Belga que se complacía en llamar a Cándido
emperador del tostón y supo hacer la mejor foto
de su libro de viajes al Arco de la Villa derribado por
entonces. Presidiendo el entierro de Julián, el
pastor célibe y callado, de los últimos
del oficio, que en una felicitación navideña
nos evocaba Mario Esteban,- no sé si con alguna
malignidad o lo contrario se dejaba llamar El Arrastrao-también
uno de los últimos del Hospital de la Cruz, cerrando
esa lista de muertos en soledad que yo acabo de ir viendo
en el archivo (pero Pierre Chaunu ha descubierto que en
el París tan poblado del antiguo régimen
era mucha la gente que se moría sola). Una vez
tuve ocasión de evocar a don Benito en el espléndido
balcón que sobre el mar de Algeciras tiene su hijo
y homónimo, con el mismo cargo por largos años
en aquel municipio andaluz y costero, una autoridad en
urbanismo, que se nos llevó a Eufe, la doncella
más guapa del pueblo. Una situación de la
que me acuerdo a menudo cuando pienso que a veces la melancolía
es el mejor antídoto contra la angustia.
En aquel ayuntamiento sepulvedano,
el señor Victoriano, jubilado pero a menudo presente,
que había escrito a mano el último catálogo
de la biblioteca, era ya el recuerdo del tiempo ido. Aunque
no llevaba muchos años al alguacil, el señor
Eusebio, uno de los personajes más vitales y polifacéticos
que yo he conocido. Le llamaban El Cartero, aunque nunca
fue del cuerpo de Correos, pero si repartió periódicos.
Avisador de los entierros y oficios de difuntos, era una
estampa a cual más sonora verle atronar las calles
con su voz poderosa y anchurosa, a la vez que golpeaba
los picaportes o las puertas con una vara, intercalando.
entre los datos concretos de las horas y los nombres,
frecuentes exclamaciones de "Han oído, eh;
oigan". Don Alejandro, el párroco de quien
hablaré, le definió en una estrofa exacta:
Por más que te miro, Eusebio, /nunca lograr adivino/
de dónde sacas tanto aire/ y donde metes tanto
vino. Porque el señor Eusebio era dulzainero, sucesor
de Julián el Cojo, el de las melodías que
iluminaban hasta la Plaza cuando tocaba en el Campo de
la Virgen. Aquí tenéis al Cartero/ con la
dulzaina en la boca/ tocando buenas canciones, morena,/
para que bailen las mozas. En la biblioteca, buscaba algún
libro de horticultura, pues también cultivaba su
alfombra de huerta. Seguir con él nos haría
llenar todo un libro. Pero me es ineludible hacerlo con
su estirpe- acaba de inaugurarse el monumento a su hijo
Isaac, El Carterillo, su sucesor en el instrumento, él
ya sin tenerla, aquél obra de Juan-Emilio y en
nuestra piedra rosada, ¿cómo no? -. Pero
el alma de la oficina municipal era entonces su hijo,
Ulpiano, tan corto de estatura como ágil y poderoso
de mente y abierto de corazón. Era un genuino milagro
verle manejar los cinco dedos a la máquina de escribir,
de veras. Luego vinieron para mí unos años
de exilio. (Hasta hubo el proyecto de que él me
siguiera a mi menester notarial. Ahora ya tengo bien entendido
que fui yo el que debí seguir a su lado en nuestro
lugar mágico). Y cuando me entero de alguna prueba
de que los que se quedaron junto a la mesa solariega seguían
recordando al hijo pródigo siento una consolación
hecha de una cierta victoria sobre el tiempo y el espacio.
Iban cambiando el país y sus gentes. Ya el mar
no estaba tan lejos. Y por su nuera Marisa sé que
Ulpiano me recordó con ella junto al de la Dehesa
de Campoamor, uno de los rincones donde algo mío
he dejado y me he traído.
Felizmente sigue entre nosotros
mi pariente Nemesio, que completaba el censo de aquella
oficina. Me aseguró que mientras viviera no dejarían
de sonar a diario las treinta y tres campanadas de la
queda en la espadaña del castillo. Y así
fue, hasta que se mecanizaron. (Diego Conte, al hacer
una foto para mi librito sepulvedano de "Segovia
al paso", ha descubierto en la cruz que corona la
espadaña de su campana, la inscripción "Sepúlveda,
villa victoriosa". Que no nos tomó el general
Savary y por eso la Villa no figura en los mapas de los
logros del Ejército Imperial, aunque sí
Somosierra en el Arco del Triunfo de París). Pero
sigo con los munícipes. Llega el turno a Morato,
uno de esos hombres cuyo aplomo nos les hace ver sentados
aunque estén de pie, aplomada también su
gruesa y despaciosa voz, iba tomando al señor Eusebio
el relevo. Regaba la Plaza los jueves y los domingos antes
de que la banda tocara para el baile. La banda que se
desdobló en dos, La Aurora del señor Serapio
de Santa Cruz, secesionada La Alegría de Farias.
Ya no quedamos muchos que alcancemos a recordarlas cuando
oímos a los magníficos jóvenes de
la Agrupación Musical Sepulvedana y su benemérito
director que nos vino de fuera. En tanto que el alma de
la coral es un nieto del señor Eusebio e hijo de
Ulpiano, Pedro de Frutos, con una nostalgia indeleble
del gregoriano desde una tempranísima experiencia
en el seno de los benedictinos silenses.Faciant meliora
sequentes.
Recuerdo de los alcaldes a don
Manuel de Miguel, uno de los dos farmacéuticos
de la Villa, intelectualmente curioso y buen conversador,
que precisamente curioseaba en el Espasa de su despacho
entre firma y firma. Y a Tiburcio Alonso, el humanísimo
médico, mi paño de lágrimas en todos
los ámbitos, destituido fulminantemente porque
prefirió quedarse atendiendo a una enferma grave
a ir a hacer bulto cuando Franco visitó Segovia.
Y del Archivo Municipal al Eclesiástico.
Ya no en la casa rectoral de la Plaza, que antes de unificarse
las parroquias era de San Bartolomé, habitada por
el cura pero debiendo pagar su renta a la fábrica
de la Iglesia, 280 reales anuales en los siglos XVII y
XVIII. Ahora ocupa parte de un delicioso rincón,
al iniciarse la bajada a San Esteban, el espacio que un
ejemplar cooperativismo ganó al despoblado, con
la hogareña sensación de ser un patio de
vecindad todo él, una batahola de escaleras exteriores,
unos bellísimos arcos mudéjares que sostenían
una cochera señorial felizmente preservados, y
sin embargo alcanzando a recibir el sol de Santiago, nuestra
parroquia andaluza. Bien lo sé yo que allí
he encontrado mi refugio, a unos pasos del archivo nada
más, gracias a la generosidad de unos amigos para
mí más entralados que entrañables.
¡Mi celda cartujana!
En el archivo ya figura el cura
de mi tiempo, don Alejandro de las Heras, el que acuñó
la definición de "Los Santos Toros" para
nuestras fiestas, pues ninguna motivación religiosa
tienen. Siendo párroco de Boceguillas logró
evitar que allí se aplicaran las instrucciones
asesinas del General Mola. Era exuberante, extrovertido,
ocurrente, con sensibilidad estética, buen corazón,
algo indolente y vanidoso, ésos eran sus defectos
menores. Y a pesar de ello había en él una
sabiduría profunda muy oculta. Tocaba la bandurria
y cantaba bien. Chocaba por pronunciar el latín
a la italiana, algo en España muy raro. Antes de
que don Ale nos llegara, en los primeros días de
la posguerra, yo conocí aún en la Villa
cinco curas, era el apogeo de las misas de tres o con
asistencia de ministros, los evangeliarios y epistolarios
junto al misal. Al párroco se le llamaba el Cura
Mayor. En los papeles del siglo XVIII todavía constan
cinco o seis sólo en alguna parroquia. Ahora nuestro
párroco tiene más de seis pueblos él
solo. Don Guillermo, ordenado a título de patrimonio,
para que nunca hubiera de salir de su pueblo, por mor
de una cojera, fue sin embargo el alma de la piedad de
aquellas generaciones. Su indulgencia en el confesionario
era una bendición. Los besos eran manifestaciones
de amor. Su latín litúrgico era un susurro.
Me dejó para examinarme de revalida el Diccionario
Latino de Raimundo de Miguel, que guardaba de sus días
de seminario. Lo que me recuerda el poema de Rubén
Darío llegaron a su mente hierosolimitana. El otro
capellán sepulvedano, Don Blas, era muy distinto.
Con una andante vida propia, al margen de su ministerio.
Por la Romana supe de una estrofa que cariñosamente
le dedicaron y él daba por buena: ¿Quién
es ése, que parece, más un gitano que un
cura; que lo mismo compra un burro, que un reloj, que
una montura. Que rompe sotanas y rompe manteos, y que
cada día se compra uno nuevo, y de todo ello no
le importa un pito. ¿Quién es ése?
Don Blasito. Su tío, don Salvador, arcipreste de
Antequera, habría sido obispo, de haber vivido
algún año más el primer Conde de
Sepúlveda. Como don Eulogio Horcajo, el canónigo
de León historiador de nuestra Virgen de la Peña.
Deseoso yo de llevar al límite máximo mis
menesteres de acólito, le pregunté a don
Blas que si en las misas de un solo cura en que se incensaba,
al presentarle el incensario podía decirle Benedicite
Pater Reverende. Me contestó que eso era cosa del
subdiácono. Cuando el obispo Pérez Platero
me confirmó en San Justo, por cierto bastante fuerte
su sopapo ritual, había oído que no se podía
salir de la iglesia una vez empezada la ceremonia. Don
Blas guardaba la puerta. Yo quise comprobarlo intentando
irme un poco antes. Naturalmente me lo impidió.
O tempora, o mores.
En una reunión bíblica
con nuestro cura de hoy, hablándose de vida monástica,
recordaba yo una estancia en el monasterio de Montserrat,
en un tiempo que me fue privadamente doloroso. Me dieron
permiso para entrar en la biblioteca. Había de
aguardar a la puerta a que pasase un monje. Y éste
me abría. Era embriagadora la inmensidad de la
sabiduría que se me desplegaba, envuelta en la
densidad de las encuadernaciones y acuñada en los
gruesos volúmenes de las grandes colecciones. Como
la poesía semítica vertida al latín
de la Escritura. Pero no podía ser tan mía
como esa savia de sangre y de espíritu que es privativa
de la tierra de uno y de sus padres y ancestros, la del
archivo que Slawomir Harasimovicz me abre. Porque el párroco
de Sepúlveda y su entorno nos ha venido felizmente
de Polonia trayendo la paz al pueblo y sus gentes. Ex
Oriente lux. Para evitar a sus feligreses dificultades
de pronunciación ha tomado el nombre de Suave,
que parece le salió en los primeros días
a uno de ellos de su lucha con la fonética eslava.
Le digo como nosotros cantábamos a Pío XII
en el colegio claretiano de Aranda de Duero: Dominus conservet
eum et vivificet eum.
Y estos archivos de mi pueblo,
en esta evocación de los que pasaron, me vuelven
a las alturas académicas. Pues en ellos trabajó
sosegadamente Emilio Sáez, más de un verano
entero en una de las habitaciones que entonces alquilaba
Paulino, que la era hotelera se haría aguardar
sus buenos lustros. A él debemos la nueva edición
del Fuero y el comienzo de la Colección Diplomática.
Luego dejó de publicar, en parte para ayudar a
que otros publicaran. Y para organizar periplos universitarios.
Con él llegamos a Samarcanda. Hilda Grasoti, la
discípula de don Claudio Sánchez-Albornoz,
me comentaba una vez que parecía un agente de viajes.
Había que verle, desde luego, como se preocupaba
a cada llegada de que cada cual estuviera acomodado en
su cuarto. Y me advirtió que no se lo dijese a
él. La repliqué que de decírselo
no se sentiría ofendido, al contrario. En la Unión
Soviética tenía contactos densos y variados.
Un viaje a China pareció abrirle una dimensión
más ambiciosa. Pero al poco tiempo, murió
viniendo de una conferencia en el Barco de Valdeorras,
en un coche que le ofrecieron cuando ya tenía sacado
el billete de tren.
ANTONIO LINAGE
CONDE
CRONISTA
DE LA VILLA DE SEPÚLVEDA