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Artículo de Don Antonio Linage en exclusiva para el Pregonero Dígital titulado "MIS SANTAS COMPAÑAS".

Nuevamente el cronista de la Villa, Don Antonio Linage Conde, nos agasasja con un gran artículo en exclusiva para el Pregonero Digital de Sepúlveda. Y desde aqui, os recomendamos su lectura.

El artículo, que lleva por título "MIS SANTAS COMPAÑAS", hace referencia a vivencias personales de su autor. Y muchas de estas vivencias se centran en sus inmersiones por los archivos (municipal y eclesiastico) y en las personas que conocio por este motivo.

Al referirse al archivo municipal menciona muchas personas tales como Benito Sánchez Enjuto, Eusebio "El Cartero", Isaac "El carterillo", Ulpiano, Nemesio, Morato. También menciona a los Alcaldes Manuel de Miguel y Tiburcio Alonso.

Al hablar del Archivo Eclesiastico menciona numerosos párrocos: Don Alejandro de las Heras (que acuño la definición de "Los Santos Toros" para nuestras fiestas), Don Blas, Don Guillermo, Eulogio Horcajo, etc.

MIS SANTAS COMPAÑAS

Muy a menudo cruzo la calle madrileña de Narciso Serra. Es una de las modestamente estrechadas que desembocan en la Avenida de la Ciudad de Barcelona, entre la estación de Atocha y el Puente de Vallecas. Del personaje que la da nombre, un autor dramático decimonónico, oí disertar un día con su penetrante gracejo a José Fradejas Lebrero. Pero el recuerdo que a mí me trae es el de don Antonio Domínguez Ortiz, el patriarca de nuestros historiadores a cuya ausencia todavía no nos hemos acostumbrado. !Era tan enriquecedor saberle siempre dispuesto a hacer luz a uno, en la intimidad quiero decir, sobre cualquier entresijo del pasado¡ De él tengo unas pocas cartas, y recuerdo algunas entrevistas, una visita a Sepúlveda entre ellas. Pero cuando nos dejó yo me quedé con el sentimiento amargo, un remordimiento casi, de no haberle disfrutado más, y ello desde luego no fue por culpa suya. Comparto su culto, que incluso sigue siendo fecundo, con Adela Tarifa, mi amiga alpujarreña que enseña en la esplendente Úbeda toda la historia que los planes de hoy la permiten. Ella hizo la tesis sobre la casa de expósitos de su ciudad. Bien que la he recordado estos días al sumergirme en el archivo de la sepulvedana, San Cristóbal. Me contó cómo sufrió al evocar aquella infancia trágicamente abandonada. "Porque yo también tengo hijos", decía. Oyendo a don Antonio se tenía la sensación de hallarse él planeando sobre las cuestiones, los hombres y las cosas, desde muy arriba. Le oí una vez hablar de la Armada Invencible en la sugestiva sala de los Amigos del País de la Villa capitalina. "No fue tanta derrota-nos enseñó- Los que vieron pasar aquella sucesión de navíos se quedaron con la aprensión de que podrían volver, pues no todos fueron echados a pique". Y en un piso humildísimo y apenas amueblado de aquella vía periférica tenía su refugio capitalino.

El recuerdo de este académico me trae el de otros dos, el padre Batllori y Juan Pérez de Tudela. Al primero le traté muy poco, pero me di cuenta de poseer la misma apertura generosa de don Antonio, una disponibilidad continua a compartir sus saberes con los demás, un siempre tener tiempo, como lo tiene la gente que de veras trabaja. En una larga conversación que con él tuve, en la tranquilidad de la residencia jesuítica de la calle de Almagro, advertí era un hombre con muchos conocimientos pero todos bien colocados en su sitio y a la vez comunicados entre sí. Me habló de la naturalidad con que él y su familia, aun habiendo optado por la cultura catalana en su dedicación intelectual, mantenían el castellano como lengua materna, que se los hizo tal en la Cuba anterior al noventa y ocho, a diferencia de lo que había hecho Ferrán Soldevilla, hijo de un notario catalán y una navarra. En cuanto a Pérez de Tudela era el hombre bueno, el amigo cordial, sin una brizna del orgullo propio de las gentes de letras, tan espontáneo en la cúspide de los honores como cuando ejercía tras una ventanilla de telegrafista preparando las oposiciones americanistas. Siento no haberle oído entonar algunas arias de ópera, como me consta hacía sin hacerse mucho de rogar.

"Vamos muriendo", terminaba Unamuno uno de sus postrimeros artículos, los de la serie titulada "Visiones y Comentarios" en "Ahora" de Madrid. Yo nunca lo siento con tanta intensidad como cuando me acuerdo de los que se me fueron. Llevo una temporada evocando a los paisanos que están al otro lado en los archivos de mi Sepúlveda. No de muy atrás, los más antiguos de esta tanda de entrado el siglo XVII. Hasta algunos, los menos, a quienes llegué a conocer. Francisco de Cossío, y lo he citado muchas veces, escribió que en nuestro pueblo natal el tiempo está con nosotros y los muertos dialogan con los vivos. Entre los folios salidos de sus manos de los libros y papeles archivados ello se siente con una intensidad penetrante.

Los legajos del Archivo Municipal siguen entre tablas ocres cosidas con la titulación en negro, como cuando yo era niño. Entonces los veía por estar colocados en la parte superior de la biblioteca, rozando el techo. La biblioteca a la que yo iba continuamente, sintiéndome rico entre las ediciones de bibliófilo y las encuadernaciones lujosas del legado de don José Oñate y Valcárcel, el hijo del primer Conde de Sepúlveda que no llegó a heredar el título. La entrañable Romana me cantaba una copla que se le sacó en las elecciones en las que salió diputado por Riaza, que nuestros vecinos tenían la titularidad del distrito: Viva el sol, viva la luna,/ viva la luna de enero,/ viva don José de Oñate con todos sus compañeros.

Pero la pieza que yo más anhelaba y hacía mis delicias era el Espasa. Desde entonces tengo debilidad por él, que no se me ha pasado, a pesar de sus tremendas desigualdades. Estaba en el despacho del Alcalde, donde también entonces se encontraba el formidable retrato dieciochesco que aún no se sabe del todo si es de Felipe V o de su competidor el archiduque austriaco. El tomo de Turquía era un mutilado de guerra. Un legionario le disparó queriendo ejercitar con él su puntería, y en torno al orificio de la bala y hasta donde penetró estaba hinchado el papel de manera curiosa.

El título de mutilado se lo dio don Benito Sánchez Curto, el magnífico secretario de la corporación. Siempre le recuerdo cuando paso por su casa inmediata al hoyo de la iglesia de San Justo, con unos balcones que tienen unos escudos militares, único caso en Sepúlveda de heráldica en metal. Don Benito habría sido un excelente diplomático. Pero con la virtud no común de que en él la cortesía se identificaba con la eficacia. Jugando al tute fuera de las horas de oficina pero en el despacho con Fray Justo Pérez de Urbel, guiando a un Presidente del Senado Belga que se complacía en llamar a Cándido emperador del tostón y supo hacer la mejor foto de su libro de viajes al Arco de la Villa derribado por entonces. Presidiendo el entierro de Julián, el pastor célibe y callado, de los últimos del oficio, que en una felicitación navideña nos evocaba Mario Esteban,- no sé si con alguna malignidad o lo contrario se dejaba llamar El Arrastrao-también uno de los últimos del Hospital de la Cruz, cerrando esa lista de muertos en soledad que yo acabo de ir viendo en el archivo (pero Pierre Chaunu ha descubierto que en el París tan poblado del antiguo régimen era mucha la gente que se moría sola). Una vez tuve ocasión de evocar a don Benito en el espléndido balcón que sobre el mar de Algeciras tiene su hijo y homónimo, con el mismo cargo por largos años en aquel municipio andaluz y costero, una autoridad en urbanismo, que se nos llevó a Eufe, la doncella más guapa del pueblo. Una situación de la que me acuerdo a menudo cuando pienso que a veces la melancolía es el mejor antídoto contra la angustia.

En aquel ayuntamiento sepulvedano, el señor Victoriano, jubilado pero a menudo presente, que había escrito a mano el último catálogo de la biblioteca, era ya el recuerdo del tiempo ido. Aunque no llevaba muchos años al alguacil, el señor Eusebio, uno de los personajes más vitales y polifacéticos que yo he conocido. Le llamaban El Cartero, aunque nunca fue del cuerpo de Correos, pero si repartió periódicos. Avisador de los entierros y oficios de difuntos, era una estampa a cual más sonora verle atronar las calles con su voz poderosa y anchurosa, a la vez que golpeaba los picaportes o las puertas con una vara, intercalando. entre los datos concretos de las horas y los nombres, frecuentes exclamaciones de "Han oído, eh; oigan". Don Alejandro, el párroco de quien hablaré, le definió en una estrofa exacta: Por más que te miro, Eusebio, /nunca lograr adivino/ de dónde sacas tanto aire/ y donde metes tanto vino. Porque el señor Eusebio era dulzainero, sucesor de Julián el Cojo, el de las melodías que iluminaban hasta la Plaza cuando tocaba en el Campo de la Virgen. Aquí tenéis al Cartero/ con la dulzaina en la boca/ tocando buenas canciones, morena,/ para que bailen las mozas. En la biblioteca, buscaba algún libro de horticultura, pues también cultivaba su alfombra de huerta. Seguir con él nos haría llenar todo un libro. Pero me es ineludible hacerlo con su estirpe- acaba de inaugurarse el monumento a su hijo Isaac, El Carterillo, su sucesor en el instrumento, él ya sin tenerla, aquél obra de Juan-Emilio y en nuestra piedra rosada, ¿cómo no? -. Pero el alma de la oficina municipal era entonces su hijo, Ulpiano, tan corto de estatura como ágil y poderoso de mente y abierto de corazón. Era un genuino milagro verle manejar los cinco dedos a la máquina de escribir, de veras. Luego vinieron para mí unos años de exilio. (Hasta hubo el proyecto de que él me siguiera a mi menester notarial. Ahora ya tengo bien entendido que fui yo el que debí seguir a su lado en nuestro lugar mágico). Y cuando me entero de alguna prueba de que los que se quedaron junto a la mesa solariega seguían recordando al hijo pródigo siento una consolación hecha de una cierta victoria sobre el tiempo y el espacio. Iban cambiando el país y sus gentes. Ya el mar no estaba tan lejos. Y por su nuera Marisa sé que Ulpiano me recordó con ella junto al de la Dehesa de Campoamor, uno de los rincones donde algo mío he dejado y me he traído.

Felizmente sigue entre nosotros mi pariente Nemesio, que completaba el censo de aquella oficina. Me aseguró que mientras viviera no dejarían de sonar a diario las treinta y tres campanadas de la queda en la espadaña del castillo. Y así fue, hasta que se mecanizaron. (Diego Conte, al hacer una foto para mi librito sepulvedano de "Segovia al paso", ha descubierto en la cruz que corona la espadaña de su campana, la inscripción "Sepúlveda, villa victoriosa". Que no nos tomó el general Savary y por eso la Villa no figura en los mapas de los logros del Ejército Imperial, aunque sí Somosierra en el Arco del Triunfo de París). Pero sigo con los munícipes. Llega el turno a Morato, uno de esos hombres cuyo aplomo nos les hace ver sentados aunque estén de pie, aplomada también su gruesa y despaciosa voz, iba tomando al señor Eusebio el relevo. Regaba la Plaza los jueves y los domingos antes de que la banda tocara para el baile. La banda que se desdobló en dos, La Aurora del señor Serapio de Santa Cruz, secesionada La Alegría de Farias. Ya no quedamos muchos que alcancemos a recordarlas cuando oímos a los magníficos jóvenes de la Agrupación Musical Sepulvedana y su benemérito director que nos vino de fuera. En tanto que el alma de la coral es un nieto del señor Eusebio e hijo de Ulpiano, Pedro de Frutos, con una nostalgia indeleble del gregoriano desde una tempranísima experiencia en el seno de los benedictinos silenses.Faciant meliora sequentes.

Recuerdo de los alcaldes a don Manuel de Miguel, uno de los dos farmacéuticos de la Villa, intelectualmente curioso y buen conversador, que precisamente curioseaba en el Espasa de su despacho entre firma y firma. Y a Tiburcio Alonso, el humanísimo médico, mi paño de lágrimas en todos los ámbitos, destituido fulminantemente porque prefirió quedarse atendiendo a una enferma grave a ir a hacer bulto cuando Franco visitó Segovia.

Y del Archivo Municipal al Eclesiástico. Ya no en la casa rectoral de la Plaza, que antes de unificarse las parroquias era de San Bartolomé, habitada por el cura pero debiendo pagar su renta a la fábrica de la Iglesia, 280 reales anuales en los siglos XVII y XVIII. Ahora ocupa parte de un delicioso rincón, al iniciarse la bajada a San Esteban, el espacio que un ejemplar cooperativismo ganó al despoblado, con la hogareña sensación de ser un patio de vecindad todo él, una batahola de escaleras exteriores, unos bellísimos arcos mudéjares que sostenían una cochera señorial felizmente preservados, y sin embargo alcanzando a recibir el sol de Santiago, nuestra parroquia andaluza. Bien lo sé yo que allí he encontrado mi refugio, a unos pasos del archivo nada más, gracias a la generosidad de unos amigos para mí más entralados que entrañables. ¡Mi celda cartujana!

En el archivo ya figura el cura de mi tiempo, don Alejandro de las Heras, el que acuñó la definición de "Los Santos Toros" para nuestras fiestas, pues ninguna motivación religiosa tienen. Siendo párroco de Boceguillas logró evitar que allí se aplicaran las instrucciones asesinas del General Mola. Era exuberante, extrovertido, ocurrente, con sensibilidad estética, buen corazón, algo indolente y vanidoso, ésos eran sus defectos menores. Y a pesar de ello había en él una sabiduría profunda muy oculta. Tocaba la bandurria y cantaba bien. Chocaba por pronunciar el latín a la italiana, algo en España muy raro. Antes de que don Ale nos llegara, en los primeros días de la posguerra, yo conocí aún en la Villa cinco curas, era el apogeo de las misas de tres o con asistencia de ministros, los evangeliarios y epistolarios junto al misal. Al párroco se le llamaba el Cura Mayor. En los papeles del siglo XVIII todavía constan cinco o seis sólo en alguna parroquia. Ahora nuestro párroco tiene más de seis pueblos él solo. Don Guillermo, ordenado a título de patrimonio, para que nunca hubiera de salir de su pueblo, por mor de una cojera, fue sin embargo el alma de la piedad de aquellas generaciones. Su indulgencia en el confesionario era una bendición. Los besos eran manifestaciones de amor. Su latín litúrgico era un susurro. Me dejó para examinarme de revalida el Diccionario Latino de Raimundo de Miguel, que guardaba de sus días de seminario. Lo que me recuerda el poema de Rubén Darío llegaron a su mente hierosolimitana. El otro capellán sepulvedano, Don Blas, era muy distinto. Con una andante vida propia, al margen de su ministerio. Por la Romana supe de una estrofa que cariñosamente le dedicaron y él daba por buena: ¿Quién es ése, que parece, más un gitano que un cura; que lo mismo compra un burro, que un reloj, que una montura. Que rompe sotanas y rompe manteos, y que cada día se compra uno nuevo, y de todo ello no le importa un pito. ¿Quién es ése? Don Blasito. Su tío, don Salvador, arcipreste de Antequera, habría sido obispo, de haber vivido algún año más el primer Conde de Sepúlveda. Como don Eulogio Horcajo, el canónigo de León historiador de nuestra Virgen de la Peña. Deseoso yo de llevar al límite máximo mis menesteres de acólito, le pregunté a don Blas que si en las misas de un solo cura en que se incensaba, al presentarle el incensario podía decirle Benedicite Pater Reverende. Me contestó que eso era cosa del subdiácono. Cuando el obispo Pérez Platero me confirmó en San Justo, por cierto bastante fuerte su sopapo ritual, había oído que no se podía salir de la iglesia una vez empezada la ceremonia. Don Blas guardaba la puerta. Yo quise comprobarlo intentando irme un poco antes. Naturalmente me lo impidió. O tempora, o mores.

En una reunión bíblica con nuestro cura de hoy, hablándose de vida monástica, recordaba yo una estancia en el monasterio de Montserrat, en un tiempo que me fue privadamente doloroso. Me dieron permiso para entrar en la biblioteca. Había de aguardar a la puerta a que pasase un monje. Y éste me abría. Era embriagadora la inmensidad de la sabiduría que se me desplegaba, envuelta en la densidad de las encuadernaciones y acuñada en los gruesos volúmenes de las grandes colecciones. Como la poesía semítica vertida al latín de la Escritura. Pero no podía ser tan mía como esa savia de sangre y de espíritu que es privativa de la tierra de uno y de sus padres y ancestros, la del archivo que Slawomir Harasimovicz me abre. Porque el párroco de Sepúlveda y su entorno nos ha venido felizmente de Polonia trayendo la paz al pueblo y sus gentes. Ex Oriente lux. Para evitar a sus feligreses dificultades de pronunciación ha tomado el nombre de Suave, que parece le salió en los primeros días a uno de ellos de su lucha con la fonética eslava. Le digo como nosotros cantábamos a Pío XII en el colegio claretiano de Aranda de Duero: Dominus conservet eum et vivificet eum.

Y estos archivos de mi pueblo, en esta evocación de los que pasaron, me vuelven a las alturas académicas. Pues en ellos trabajó sosegadamente Emilio Sáez, más de un verano entero en una de las habitaciones que entonces alquilaba Paulino, que la era hotelera se haría aguardar sus buenos lustros. A él debemos la nueva edición del Fuero y el comienzo de la Colección Diplomática. Luego dejó de publicar, en parte para ayudar a que otros publicaran. Y para organizar periplos universitarios. Con él llegamos a Samarcanda. Hilda Grasoti, la discípula de don Claudio Sánchez-Albornoz, me comentaba una vez que parecía un agente de viajes. Había que verle, desde luego, como se preocupaba a cada llegada de que cada cual estuviera acomodado en su cuarto. Y me advirtió que no se lo dijese a él. La repliqué que de decírselo no se sentiría ofendido, al contrario. En la Unión Soviética tenía contactos densos y variados. Un viaje a China pareció abrirle una dimensión más ambiciosa. Pero al poco tiempo, murió viniendo de una conferencia en el Barco de Valdeorras, en un coche que le ofrecieron cuando ya tenía sacado el billete de tren.

ANTONIO LINAGE CONDE

CRONISTA DE LA VILLA DE SEPÚLVEDA