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Artículo de Don Antonio Linage Conde, cronista de la Villa, titulado "En el apartamento. Meditación sepulvedana".

El cronista de la Villa, Don Antonio Linage Conde, escribe un nuevo artículo con tematica sepulvedana en exclusiva para el Pregonero Digital de Sepúlveda.

El artículo que lleva por título "En el apartamento. Meditación sepulvedana" hace mención a su estancia en un apartamento de Sepúlveda y a sus reflexiones durante el tiempo que paso en el mismo.

Acaso, queridos amigos que navegáis por la red, hayáis pensado que a veces soy demasiado personal. Quiero aclararos que comparto el desprecio de don Miguel de Unamuno a quienes nunca hablan de sí mismos. Aunque parezca lo contrario, son la especie más soberbia que cabe.

Pero si hoy me permito hablaros del apartamento que disfruto, gracias a la generosidad de unos amigos que sólo peca de excesiva, es porque el argumento hace parte de la entraña de nuestra Sepúlveda. Como vais a ver.

Es un trozo de planta baja, y sin embargo hasta hace muy poco a mí me había pasado desapercibido el edificio de que hace parte. Eso da idea de su milagrosa independencia. No hay en él ni un centímetro cuadrado desaprovechado. Pero ello no por el empecinamiento utilitario que padece nuestro mundo, sino gracias al empeño de poner al servicio del bienestar ajeno cuanto se tiene al alcance de uno. Se entra por un pasillo que tiene el secreto de combinar la apertura a los demás y el relegamiento al propio castillo interior, la mejor morada pues. Su sala de estar es pintiparada para la conversación, el trabajo, el ir y venir de y a las soledades y las compañías. Pasado el recoleto dormitorio, con un entrante inesperado que puede ser abundoso ropero, una cocina en la que tampoco nada se echa de menos y un baño benefactor, vienen a prolongar el pasillo, desembocando en un trozo final del mismo, increíblemente un lujo de espacio, aunque mentira parezca. Con una puerta que para el huésped primerizo tiene el encanto de permitirle fantasear en torno a lo que al otro lado habrá.

Tampoco falta nada a su mobiliario. Las sillas de respaldo y los sofás mullidos, un armario claro con su coquetería pero que se nos antoja profundo, y una deliciosa rinconera relevan en la sala a las de madera oscura, la cómoda y la mesita del otro recinto. Y por doquier jarras, tazas, cajitas, platos, búcaros. La amabilidad de la cerámica y el romanticismo sugestivo de las flores, hasta hierbas y plantas silvestres que nos traen la llamada del campo sin puertas. La esperanza del verde envolviendo la pasión del rojo, la caricia tibia del amarillo, la pureza blanca. Un gracioso relieve pastoril nos recuerda a Cervantes. Plétora argumental en los cuadros: la sugestión de una pareja de gacelas, llega a misterioso un pueblo al fondo de una llanura, dos casas frente a frente y árboles al fondo, flores pintadas también, ante todo el paisaje difuminada la silueta negra de una pareja que empieza a abrazarse, un espantapájaros. Advertimos una huella inefable del modernismo, y sabemos que se habría encontrado aquí bien Rubén Darío, a pesar de su aliento cósmico. Una potencial novela cada uno. En todo caso estimuladores para la imaginación del habitante. Se advierte la presencia definitiva de unas manos femeninas. Me acuerdo del eminente historiador del Derecho Canónico, el franciscano Antonio García y García. Tenía en su aldea natal gallega varios hermanos que se disputaban hospedarle. Y la casa en que se encontraba menos confortable era la que no estaba al mando de la mujer. Pero no nos olvidemos de que el juego de luces del apartamento es esmerado, adecuado no sólo a la eficacia sino a la sensibilidad, y de que hace calor en el invierno, para los supervivientes de la época de los sabañones un bocado de cardenal.

Pero, ¿dónde estoy? En mi relato Sacra Romana Rota hay un pleito entre las parroquias del Salvador y de Santiago por la sepultura de un difunto muerto de repente en mitad de la escalera de una casa con fachada a las calles del Conde y de Victoriano de la Serna. En el apartamento, yo dudo si soy feligrés de San Esteban o de Santiago. ¿Ya habéis adivinado que está en el sugestivo colmenar, pero en la acepción real y figurada más óptima, colmenar que no colmena, que un cooperativismo ilusionado e ilusionante plantó en el paraje. Uno de los logros de la Villa en la segunda mitad del siglo XX. Por eso os aseguraba la plenitud del interés de esta evocación para la historia contemporánea nuestra y su mérito ejemplificatorio para el porvenir.

Dejamos la carretera, dos bajadas confluyen en un espacio que tiene el encanto de un patio de vecindad y a su vez vuelve a desdoblarse. Suele estar acariciantemente poblado de gatos, blancos y negros sobre todo. Pero está preservada la intimidad. Incluso tenemos una pequeña verja en el acceso al conjunto, un lujo decorativo más bien, pero es estético cerrarla de noche. Ventanas enrejadas, galerías, miradores. Mas todo prodigiosamente discreto. Llenas de gracia las escaleras exteriores. Entre las filas de casas, y una barandilla con viejos pivotes de piedra de remate piramidal nod habla del pasado señorial, preludio a los seductores arcos mudéjares que otrora sostenían una cochera, Abtes eran una nota de capricho mágico en la magia desplegada ante el mirador Zuloaga. Todavía se divisan con algún esfuerzo.

¿Santiago o San Esteban? Hay que tener en cuenta que la carretera cortó la comunicación entre los barrios, y puede dar la sensación de que la primera de esas parroquias terminaba donde ahora ella está. Y no todo tiempo pasado fue mejor. El 24 de Julio de 1870, Manuel Castilla y catorce vecinos de San Esteban más, se dirigían al ayuntamiento en términos malhumorados, comenzando por una referencia a la carretera que se "había traído" al centro. La corporación era la que había sido nombrada por la Junta Revolucionaria que tomó el poder sólo un par de días después de la Septembrina. Tomás Zorrilla era el alcalde. Los de San Esteban le decían estar completamente divididos o separados, y tener por única comunicación con el resto del pueblo "una insignificante bajada que nunca pasará de un reducido callejón", y que "ni en la estación que ahora atravesamos" da la seguridad de no ir a parar al suelo, máxime en el invierno con sus cualidades invariables".

Bueno es estar aquí, dijo San Pedro a Nuestro Señor en el Monte Thabor cuando la Transfiguración. Eso siento yo en este apartamento. Podía ser una pintiparada celda de cartujo o de camaldulense, que aunque celdas se llaman en esas órdenes son casitas. Sólo habría que sustituir la cocina por un taller de cualquier oficio, pues a esos monjes les dan el yantar hecho.

El inspirador de la Camáldula, San Pedro Damiano, llama la atención sobre la paradoja de que el monje solitario que rezaba en el Breviario Dominus vobiscum se contestara a sí mismo et cum spiritu tuo. "El Señor esté con vosotros. Y con tu espíritu". ¿No es absurdo este diálogo y en plural cuando sólo es uno el que pregunta y el que responde? Pero la explicación es obvia. En la celda aislada del cartujo y el camaldulense está espiritualmente toda la Iglesia universal. Así siento yo latir toda Sepúlveda en la intimidad inviolada de este apartamento de los buenos amigos. Toda la Villa, los paisanos acompañando mis soledades y mi soledad. Todos los vivos. También todos los muertos, con los cuales ahora cotilleo de uno a otro archivo. ¿Se me ha llegado a dibujar el rostro de La Bien Plantada? Algunas veces, en la duermevela, he atisbado un inicio de sonrisa en su difuminado. Deseando entonces seguir soñando. Otras, estaba más acá de la frontera del desdén. Mi deseo entonces era dormir en blanco.

Dí tú que he sido. Así cantó Unamuno a su Salamanca de adopción. Yo no he de decírselo al pueblo de mi nacimiento, de mi sangre y de mi espíritu. Ver primero Sepúlveda y después morir.

EL CRONISTA DE LA VILLA