Acaso, queridos amigos que navegáis
por la red, hayáis pensado que a veces soy demasiado
personal. Quiero aclararos que comparto el desprecio de
don Miguel de Unamuno a quienes nunca hablan de sí
mismos. Aunque parezca lo contrario, son la especie más
soberbia que cabe.
Pero si hoy me permito hablaros
del apartamento que disfruto, gracias a la generosidad
de unos amigos que sólo peca de excesiva, es porque
el argumento hace parte de la entraña de nuestra
Sepúlveda. Como vais a ver.
Es un trozo de planta baja, y sin
embargo hasta hace muy poco a mí me había
pasado desapercibido el edificio de que hace parte. Eso
da idea de su milagrosa independencia. No hay en él
ni un centímetro cuadrado desaprovechado. Pero
ello no por el empecinamiento utilitario que padece nuestro
mundo, sino gracias al empeño de poner al servicio
del bienestar ajeno cuanto se tiene al alcance de uno.
Se entra por un pasillo que tiene el secreto de combinar
la apertura a los demás y el relegamiento al propio
castillo interior, la mejor morada pues. Su sala de estar
es pintiparada para la conversación, el trabajo,
el ir y venir de y a las soledades y las compañías.
Pasado el recoleto dormitorio, con un entrante inesperado
que puede ser abundoso ropero, una cocina en la que tampoco
nada se echa de menos y un baño benefactor, vienen
a prolongar el pasillo, desembocando en un trozo final
del mismo, increíblemente un lujo de espacio, aunque
mentira parezca. Con una puerta que para el huésped
primerizo tiene el encanto de permitirle fantasear en
torno a lo que al otro lado habrá.
Tampoco falta nada a su mobiliario.
Las sillas de respaldo y los sofás mullidos, un
armario claro con su coquetería pero que se nos
antoja profundo, y una deliciosa rinconera relevan en
la sala a las de madera oscura, la cómoda y la
mesita del otro recinto. Y por doquier jarras, tazas,
cajitas, platos, búcaros. La amabilidad de la cerámica
y el romanticismo sugestivo de las flores, hasta hierbas
y plantas silvestres que nos traen la llamada del campo
sin puertas. La esperanza del verde envolviendo la pasión
del rojo, la caricia tibia del amarillo, la pureza blanca.
Un gracioso relieve pastoril nos recuerda a Cervantes.
Plétora argumental en los cuadros: la sugestión
de una pareja de gacelas, llega a misterioso un pueblo
al fondo de una llanura, dos casas frente a frente y árboles
al fondo, flores pintadas también, ante todo el
paisaje difuminada la silueta negra de una pareja que
empieza a abrazarse, un espantapájaros. Advertimos
una huella inefable del modernismo, y sabemos que se habría
encontrado aquí bien Rubén Darío,
a pesar de su aliento cósmico. Una potencial novela
cada uno. En todo caso estimuladores para la imaginación
del habitante. Se advierte la presencia definitiva de
unas manos femeninas. Me acuerdo del eminente historiador
del Derecho Canónico, el franciscano Antonio García
y García. Tenía en su aldea natal gallega
varios hermanos que se disputaban hospedarle. Y la casa
en que se encontraba menos confortable era la que no estaba
al mando de la mujer. Pero no nos olvidemos de que el
juego de luces del apartamento es esmerado, adecuado no
sólo a la eficacia sino a la sensibilidad, y de
que hace calor en el invierno, para los supervivientes
de la época de los sabañones un bocado de
cardenal.
Pero, ¿dónde estoy?
En mi relato Sacra Romana Rota hay un pleito entre las
parroquias del Salvador y de Santiago por la sepultura
de un difunto muerto de repente en mitad de la escalera
de una casa con fachada a las calles del Conde y de Victoriano
de la Serna. En el apartamento, yo dudo si soy feligrés
de San Esteban o de Santiago. ¿Ya habéis
adivinado que está en el sugestivo colmenar, pero
en la acepción real y figurada más óptima,
colmenar que no colmena, que un cooperativismo ilusionado
e ilusionante plantó en el paraje. Uno de los logros
de la Villa en la segunda mitad del siglo XX. Por eso
os aseguraba la plenitud del interés de esta evocación
para la historia contemporánea nuestra y su mérito
ejemplificatorio para el porvenir.
Dejamos la carretera, dos bajadas
confluyen en un espacio que tiene el encanto de un patio
de vecindad y a su vez vuelve a desdoblarse. Suele estar
acariciantemente poblado de gatos, blancos y negros sobre
todo. Pero está preservada la intimidad. Incluso
tenemos una pequeña verja en el acceso al conjunto,
un lujo decorativo más bien, pero es estético
cerrarla de noche. Ventanas enrejadas, galerías,
miradores. Mas todo prodigiosamente discreto. Llenas de
gracia las escaleras exteriores. Entre las filas de casas,
y una barandilla con viejos pivotes de piedra de remate
piramidal nod habla del pasado señorial, preludio
a los seductores arcos mudéjares que otrora sostenían
una cochera, Abtes eran una nota de capricho mágico
en la magia desplegada ante el mirador Zuloaga. Todavía
se divisan con algún esfuerzo.
¿Santiago o San Esteban?
Hay que tener en cuenta que la carretera cortó
la comunicación entre los barrios, y puede dar
la sensación de que la primera de esas parroquias
terminaba donde ahora ella está. Y no todo tiempo
pasado fue mejor. El 24 de Julio de 1870, Manuel Castilla
y catorce vecinos de San Esteban más, se dirigían
al ayuntamiento en términos malhumorados, comenzando
por una referencia a la carretera que se "había
traído" al centro. La corporación era
la que había sido nombrada por la Junta Revolucionaria
que tomó el poder sólo un par de días
después de la Septembrina. Tomás Zorrilla
era el alcalde. Los de San Esteban le decían estar
completamente divididos o separados, y tener por única
comunicación con el resto del pueblo "una
insignificante bajada que nunca pasará de un reducido
callejón", y que "ni en la estación
que ahora atravesamos" da la seguridad de no ir a
parar al suelo, máxime en el invierno con sus cualidades
invariables".
Bueno es estar aquí, dijo
San Pedro a Nuestro Señor en el Monte Thabor cuando
la Transfiguración. Eso siento yo en este apartamento.
Podía ser una pintiparada celda de cartujo o de
camaldulense, que aunque celdas se llaman en esas órdenes
son casitas. Sólo habría que sustituir la
cocina por un taller de cualquier oficio, pues a esos
monjes les dan el yantar hecho.
El inspirador de la Camáldula,
San Pedro Damiano, llama la atención sobre la paradoja
de que el monje solitario que rezaba en el Breviario Dominus
vobiscum se contestara a sí mismo et cum spiritu
tuo. "El Señor esté con vosotros. Y
con tu espíritu". ¿No es absurdo este
diálogo y en plural cuando sólo es uno el
que pregunta y el que responde? Pero la explicación
es obvia. En la celda aislada del cartujo y el camaldulense
está espiritualmente toda la Iglesia universal.
Así siento yo latir toda Sepúlveda en la
intimidad inviolada de este apartamento de los buenos
amigos. Toda la Villa, los paisanos acompañando
mis soledades y mi soledad. Todos los vivos. También
todos los muertos, con los cuales ahora cotilleo de uno
a otro archivo. ¿Se me ha llegado a dibujar el
rostro de La Bien Plantada? Algunas veces, en la duermevela,
he atisbado un inicio de sonrisa en su difuminado. Deseando
entonces seguir soñando. Otras, estaba más
acá de la frontera del desdén. Mi deseo
entonces era dormir en blanco.
Dí tú que he sido.
Así cantó Unamuno a su Salamanca de adopción.
Yo no he de decírselo al pueblo de mi nacimiento,
de mi sangre y de mi espíritu. Ver primero Sepúlveda
y después morir.
EL CRONISTA
DE LA VILLA