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La Bien Plantada,
(artículo de D. Antonio Linage Conde)
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| Don Antonio
Linage Conde, Cronista oficial de la Villa de Sepúlveda,
nos envia un nuevo artículo en exclusiva para El
Pregonero Digital de Sepúlveda.
El artículo lleva por título "La Bien
Plantada". Hace referencia a la novela escrita por
Eugenio D'Ors escrita en 1911.
Eugenio D'ors es un escrito nacido en Barcelona (1881-1954)
y que estuvo en Sepúlveda. De su estancia en Sepúlveda
destacamos un texto en el que enumera las Siete Puertas:
"Siete puertas abren el lugar tan patricio:
una la de la Villa, otra la del Río,
puerta Duruelo, quiere a su servicio.
Y es fuerza la Fuerza, háyala asimismo,
sopeña a la Virgen, brinda su camino y,
si el Tormo es calma, el Azogue es vivo".
En el artículo Don Antonio Linage nos anima a leer
dicha novela.
"LA BIEN
PLANTADA" |
Ha pasado más de medio
siglo desde que, en la huerta de mi abuelo Ángel
Linage, Garduñés, junto a la ribera del
Caslilla, cabe la frambuesa, la grosella y los limoncillos,
leí La Bien Plantada, de Eugenio d’Ors, en
la edición castellana de la Colección Universal,
aquellos ya entrañables tomitos de cubierta amarilla.
Por mí descubierto su tesoro en el Casino de Cantalejo,
y en los cajones que en la cueva de mi tía Esperanza
habían quedado de la biblioteca del Círculo
Republicano Radical Socialista de Sepúlveda. Ahora
la he vuelto a leer en el original catalán, con
un buen estudio de Xavier Plá.
La Bien Plantada no es una novela,
aunque se haya dicho, sino un poema en prosa con categoría
intelectual de ensayo. Describe a una muchacha veraneante
en Argentona, donde los d’Ors tenían casa
y, a través de ella, simboliza la identidad catalana.
El autor habla de la Raza, y escribe así este vocablo,
con mayúscula. Pero salta a la vista que tal noción
no podía adecuarse a sus mismos propósitos.
Mucho menos a las sugerencias que nosotros queremos hacer
ahora aquí a propósito suyo. Claro que no
negamos que las razas existan, pero no nos sirven para
definir a una mujer si queremos encarnar en ella la esencia
de una tierra, de un pueblo, de un lugar.
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En
carta a Unamuno, d’Ors le confesó que el modelo
de La Bien Plantada se llamaba Úrsula Matas. Aunque
con algunos rasgos tomados de otras mujeres, algo inevitable
en una elaboración literaria.
El librito es una obra
maestra. Como que está a la altura del argumento,
y de veras que éste era un desafío, la descripción
y los corolarios más ambiciosos de una estampa de
mujer entre el cielo y la tierra, de un platonismo esencial,
síntesis de la materia y el espíritu, que
había bebido la savia noble de todos sus muertos
(él vuelve a escribir de la Raza, pero pasemos sustantivo).
Vamos a transcribir sólo esta cita: "De Botticelli
a la Gioconda hay un progreso en humanidad. Pero el mismo
aumento de progreso y en igual sentido hay de la Gioconda
a La Bien Plantada".
D’Ors publicó
su obra tres años antes de la primera guerra, en
1911. En la primera postguerra de la nuestra estuvo en Sepúlveda
e hizo un poema a nuestras siete puertas. No merece la pena
insistir aquí en ambos contextos históricos.
Precisamente la universalidad de la materia hizo al autor
difícil quedarse sin más en aquel pretendido
símbolo regional. Como a nosotros nos va a hacer
problemáticas estas reflexiones. |
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Estamos en nuestra villa castellana,
ya en el siglo XXI. De aquellas vísperas de guerra
a estas horas también bélicas, una constante
dolorosa, el pecado contra el espíritu de la historia
contemporánea. Pero otra permanencia nos conforta.
La de continuar siendo una mujer la mejor encarnación,
es más, la única posible, del espíritu
de un pueblo. Se nos vienen a las mientes testimonios
fácilmente abundosos en apoyo de nuestro aserto
(tal en la Viena finisecular el ensayista Otto Weininger,
el pintor Gustav Klimt, el músico Gustav Mahler),
pero los descartamos porque harían nebuloso lo
que es de una nitidez meridiana, tanto que ridiculiza
cualquier desarrollo. Nos quedamos sólo con el
relato del milagro de Escolástica, la hermana de
san Benito, en el Diálogo Segundo de Gregorio Magno.
Ella pudo más que él por amar más,
y esto por la única razón de haberlo hecho
in pectore feminae.
En los días de la preguerra,
se estrenó aquí la canción que uno
de los magníficos maestros de la época compuso
a nuestra mujer. Todavía nos resuena en la voz
de Mariano Morata:
Sepulvedana,
rosa fragante
y lozana
de los campos
castellanos,
para ti
tejen mis manos
corona de
soberana.
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Sepúlveda es un recinto
amurallado que tiene siete puertas, además de unos
barrios extramuros pujantes. Fue arevaca. Volvió
a la vida integrada en el Condado de Castilla, luego reino
de Castilla y León. En la diócesis de Segovia,
desde los días visigóticos con esa solución
de continuidad. Cabeza de su Comunidad de Villa y Tierra.
Las divisiones posteriores a la provincial decimonónica
las conocemos todos. Descartado el concepto de raza, ¿a
qué tierra y gente podría simbolizar nuestro
arquetipo femenino? Os dejo, a cada cual, la respuesta.
Nos basta con sentirnos en un lugar de una delimitación
precisa y una singularidad honda. Con que, no nos distraigamos
de La Bien Plantada misma.
El hispanista Jacques Fontaine
me dijo una vez que la literatura es el hecho superior
de la vida. Yo lo siento así, sufriendo un dolor
agudo, al echar de menos en Sepúlveda, en Castilla,
un librito equivalente al que d’Ors dio a Cataluña.
Por haberlo yo escrito cambiaría toda mi producción,
salvo cierta breve estrofa íntima. ¿Tendré
tiempo de intentarlo? En otro caso, quisiera que mi testamento
espiritual, con este legado volitivo, pasara a las otras
manos que custodien la antorcha que en mí está
encendida por la magia de esta tierra que es la mía
y hasta la última hora, por mucho que arrecie el
invierno, seguiré amando tanto.
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Evocad pues conmigo
la estampa de La Bien Plantada que vendrá, a la
que veremos pasar. Atravesando la Plaza, camino de la
Virgen, Espinacar abajo, Subida de la Picota arriba, carretera
de Santiago, hondones de San Esteban y de San Andrés,
Cuesta del Salvador, remanso de Trascastillo, Revuelta
de San Juan, El Setenta, Puerta de la Fuerza, Fuente de
la Salud, Fuente del Caldero, ¿hasta la de las
Canalejas?. ¿Cómo se llamará? A la
catalana la pusieron Teresa. Joan Alcover aplaudió
este nombre corriente, frente a otros posibles rebuscados
en un pedante abolengo clásico. El de la sepulvedana
tampoco será raro. Y, fuere cual fuere, llevará
latente el sobrenombre de María de la Peña.
¿Como irá vestida? En los tiempos de Teresa
había dos modas femeninas, la ceñida y la
amplia. D’Ors escogió la segunda. Nosotros
no vemos a nuestra Bien Plantada con minifalda. Acaso
se trate de una limitación. Desde luego no es preciso
que vista falda. ¿Cuál será el color
de su pelo? ¿Cómo serán sus ojos?
¿Qué tono tendrá su piel? Atisbaremos
la anatomía del poema de sus pies al moverse. ¿Y
el corte de sus facciones? ¿Y su apostura, no tanto
al caminar sino al hacerse presente? ¿Será
su sonrisa abierta y espontánea o, usando su indiscutible
derecho, elegantemente desdeñosa aunque sólo
en apariencia? ¿Y el timbre de su voz?
Nos acordamos de
la Mujer de tierras de Segovia, de Emiliano Barral, la
esposa del poeta Cerón, en el Museo Reina Sofía.
Nos volveremos a acordar cuando La Bien Plantada pase.
Y de la moza de airosa planta del monumento al Doctor
Tapia en Riaza. Pero Barral también esculpió
a su madre. Rindiéndose entonces al barroquismo
ingenuo. Y la Bien Plantada llevará también
en ella a nuestras abuelas románticas.
Es una sepulvedana.
Mas, ¿qué se requiere para tener esta condición?
Eliminado el reclamo a la raza, no vamos a entrar en disquisiciones
sobre el jus sanguinis y el jus soli. Cuando la veamos,
intuiremos inefable y definitivamente la sepulvedanía.
Una encarnación de lo universal en lo local.
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En la misa de nuestra
Virgen de la Peña de la antigua liturgia latina,
ella misma nos decía haber sido creada al principio,
antes de los siglos, prometiéndonos permanecer en
el siglo futuro, y haber sido concebida cuando ni siquiera
los abismos existían. Pero luego manifestaba tener
su potestad en Jerusalén, un lugar en el mapa. Y
nosotros la cantábamos, precisando tiempo y espacio:
Cerca de aquí apareciste y a este pueblo recibiste.
Mirando a los ojos
de la Bien Plantada sentiremos la caricia de las aguas de
nuestros ríos cuando divagan entre sus hoces majestuosas
que llegan a la eternidad. Su voz tendrá ecos de
las campanas de nuestras iglesias. Su garbo nos hará
pensar en el orgullo de nuestro Fuero. Sus formas nos evocarán
el simbolismo amoroso de las pinturas esquemáticas
de nuestras cuevas, fundido en el de la noche y el día,
las estaciones del año; la vida, la muerte y la regeneración.
Ella nos encenderá el pecho, pero sin quemarnos.
Como el poder amoroso de santa Escolástica en la
suavidad del relato gregoriano. No siendo preciso más
porque más no puede ascenderse. D’Ors habla
en su libro del terrible poder de la mujer hermosa, pero
nos asegura que La Bien Plantada sólo le usa para
crear en torno suyo serenidad. |
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Como
nuestro mismo pueblo, que llovió del cielo (Unamuno
nos lo dijo un domingo de noviembre de 1934), de allí
mismo nos vino el milagro de la Mujer Sepulvedana. (Yo no
voy a negar que soy romántico, pero leed el libro
de don Eugenio y veréis como su contención
clásica no le veda subir muy alto. Su último
capítulo se titula "la ascensión de La
Bien Plantada". Fijaos, ascensión, ni siquiera
asunción). Es evidente el menoscabo, al menos superficial,
que en nuestro aprecio sufre lo habitual y diario, consueta
vilescunt. Pero no hemos de aceptar esa decadencia ante
las mujeres de nuestro pueblo. Siempre que nos encontremos
alguna, debemos pensar que se trata de un milagro, no por
repetido y cotidiano menos excelso. Esto se lo digo también
a los jóvenes, desconocedores de las barreras que
entre nosotros y ellas existieron en nuestros remotos días
en que teníamos su edad. Sólo de esa manera
llegarán a ver a La Bien Plantada, el espejo de sus
amadas en la Mujer de Sepúlveda y de su pasión
por la tierra madre también.
En Los trabajos de Persiles
y Segismunda se ha visto el último sueño romántico
de Cervantes. Se desarrolla en los mares septentrionales,
mas ¿no era también una ínsula suya
la Mancha? Cuando a Thomas Mann le pidieron identificara
un lugar imaginario donde había situado cierto relato,
replicó que ningún novelista puede escribir
una novela que no se desarrolle en su pueblo. Pero yo no
me conformo con eso en este postrer trance de mi vida. Quiero
que mi último sueño tenga por teatro nuestra
villa de las siete llaves, sin disfraz alguno y con todas
las letras tangibles y visibles. Ver aparecer a su Mujer,
la de mi último libro, ¿acaso el único?,
dejarlo escrito antes de cambiar de morada aunque al pueblo
no le deje nunca. ¿Pasando de la Plaza del Trigo
a la Plaza? ¿Un domingo de minerva en el atrio del
Salvador? ¿Enseñoreándose del paisanaje
desde la barandilla de Paulino? ¿Pasando el arco
del Ecce-Homo camino de la Virgen? ¿Ojeando, aunque
sea con displicencia, el paisaje polinesio de la decoración
de Samoa? ¿Dando luz entre las luces de la novena?
¿Sosegada en La Violeta mientras cae una tarde estival?
Tened en cuenta, para explicaros mi tensión amarga,
que nuestras sepulvedanas de hoy no son menos agraciadas
que las catalanas de principios del siglo pasado. De manera
que la falta no está en ellas, sino en su cronista,
por no haberlas dado su crónica.
Eso del espacio. ¿Y
qué decir de este tiempo en que la anhelamos? ¿Acaso
será una frivolidad de torre de marfil soñar
con ella cuando el vislumbre de metas quiméricas
no pone fronteras al sufrimiento de los inocentes y la
destrucción de hospitales y el bombardeo de bodas
son méritos para conquistar el poder y la gloria?
No lo creemos así. Al contrario. En un mundo dominado
por potestades siniestras, el mensaje amable de amor y
de paz de una Mujer encarnando un Pueblo lleva consigo
una luz de esperanza.
La tarde de Los Santos,
en el cementerio, me parecía que todos mis muertos,
los nuestros, me sostenían la pluma para la empresa.
Empezando por mi padre, y mi padrino el escritor Ríotaliso.
Sin olvidarme de don Guillermo, aún en sus labios
dormidos la poesía semítica de la liturgia
añejada en nuestro latín: Veni de Líbano,
sponsa mea, veni de Líbano, veni. Y por añadidura
me sentí confortado con la promesa de tener un
sucesor, caso de no llegar a tiempo de cantar en La Bien
Plantada a las mujeres de mi pueblo. Porque este argumento
lleva consigo la exigencia de quién le dé
forma con tanto vigor como para hacerse realidad. Al imponernos
la ceniza, en el miércoles dedicado a ella, se
nos recordaba que somos polvo y al polvo volveremos. Yo
no voy a enmendar a la Santa Madre Iglesia, pero sí
recordar el verso de Quevedo: polvo seré, mas polvo
enamorado. Polvo que se funda como el abono más
humilde con la tierra de la tierra mía, de la que
estoy hecho, polvo enamorado de La Bien Plantada. Y, para
ahorrarme algo el rubor que ya me van dando tantas confesiones,
no os traduzco el augurio que para ese caso expresó
Paul Claudel; aunque se entiende con poco esfuerzo, al
fin y al cabo francés y castellano son dialectos
del latín: Quand je serai mort, on ne me fera plus
souffrir, Quand je serai enterré entre mon père
et ma mère on ne me fera plus souffrir. On ne se
rira plus de ce coeur trop aimant.
ANTONIO
LINAGE
Nota del
Pregonero Dígital de Sepúlveda:
Hacemos público nuestro agradecimiento a don Antonio
Linage por sus colaboraciones con artículos especialmente
escritos para la web del Pregonero Dígital de Sepúlveda
(que sin duda prestigian enormemente este humilde web),
y por hacer participe a todos los internautas seguidores
de esta web de sus conocimientos y pensamientos que tienen
a Sepúlveda y su historia como tema central. Gracias
Don Antonio.
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